“I’m from Soweto and I’m proud” (Mandela, Soweto y la reconciliación sudafricana)

Soweto es droga en vena. Dignidad rebelde. Miseria, sí, pero también resistencia. Es un lugar duro. Es un lugar jodido. Es James Brown gritando: “I’m sowetean and I’m proud”.

Soweto es el suburbio negro de una de las ciudades más desiguales, injustas, violentas y tensas del sur de África: Johannesburgo. Son cinco millones de personas, la mayoría, gente pobre, humilde, trabajadora, que regatean cada día a la vida para ganarse unos rands, vendiendo no sé qué, de camareros, de jardineros, en la obra o en el mercado, trapicheando algo de droga, robando a algún despistado o, fuera prejuicios, como periodistas, abogados, médicos y empresarios de éxito. Hay millonarios en Soweto -como la misma Winnie Mandela, exmujer del mito- y hay clase media. Aunque la mayoría sufren a diario.

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Soweto, en realidad South Western Townships, fue construida durante el Apartheid para encajar ahí a decenas de miles de familias negras que llegaban del campo para trabajar como mineros o en el trabajo doméstico. El régimen racista estaba obsesionado con que no se mezclaran con los blancos y situó el enclave a unos 20 kilómetros del centro de Jo’burg. Hoy las cosas han cambiado y mucho, para mejor, pero los negros siguen viviendo en Soweto muy, muy, muy lejos de los barrios ricos (y blancos) de la capital.

Los blancos, sobre todo de clase media y alta, nos llevaban alertando todo el viaje que no saliéramos a la calle, que no nos paseáramos por los barrios negros (y menos por Soweto), que aquello era un infierno, que nos robarían todo… Está claro que Soweto, como Suráfrica, es jodido. Hubo paz, reconciliación y cambio de gobierno. No hay aun, sin embargo, la igualdad económica soñada. Soweto no es seguramente el lugar más tranquilo del mundo para pasear para un periodista blanco europeo. Sin embargo, si se tiene sentido común y unos cuantos consejos locales, se puede conocer, al menos, superficialmente. Soweto rompe los tópicos. Barrios de miseria, peores que las villas miseria de América Latina o los campos de refugiados de Beirut, se accidentan a 300 metros del centro comercial de lujo recién construido. Zonas afecatadas por aguas contaminadas y desprendimientos tóxicos de las viejas minas tienen las mejores vistas del moderno y espectacular estadio Soccer City. Por cierto, a la gente de ahí les encanta el fútbol, sobre todo, los  equipos de la ciudad: los Kaiser Chiefs o los Orlando Pirates.
La cara B del reconocido y elogiado modelo de paz y reconciliación surafricano parecía ante nuestros ojos muy pero que muy durilla. Nuestros amigos periodistas, con el corresponsal en África Xavier Aldekoa al frente, nos allanaron el camino con guías alternativos y miles de consejos, ideas y reflexiones. Suráfrica es uno de los países que querríamos estudiar en el proyecto (inacabado) de documentales Después de la Paz. Todo el mundo reconoce la labor de Nelson Mandela y el Congreso Nacional Africano por conseguir una democracia real, un grado de libertad único en África, unas políticas de perdón admirables y un trabajo por la memoria ingente. El Museo del Apartheid, en Jo’burg, es la joya de la corona. Desde nuestra humildad y reconocimiento, no habría nada más que decir: sólo con mencionar nombres como Mandela, Desmond Tutu, Biko, Sisulu, Tambo, Sobukwe… se nos pone la piel de gallina.

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En Kliptown, hoy un barrio de chabolas y callejuelas de barro con vistas a un río apestoso, el Congreso Nacional Africano firmó en los años 50 el Freedom Charter. Aquel manifiesto reclamaba el fin del Apartheid, pero también la igualdad económica, la redistribución de las tierras, la nacionalización de las minas y la vivienda digna. Hoy el Freedom Charter es un monumento en forma de mole de cemento gris, a pocos metros de una de las zonas más pobres y peligrosas que vimos en todo el país. Mandela, el arzobispo Desmond Tutu y miles de activistas negros lucharon en las calles de Soweto para cambiar África. Dieron sus vidas. Sin duda. Lo pagaron con la cárcel y la represión. Lucharon no una vez, ni cien veces, sino toda la vida. Imprescindibles de Bertold Brecht. En 1976 una revuelta estudiantil en las entrañas de Soweto incendió las calles contra la imposición del afrikaans en la escuela y, en general, contra el racismo de estado. Murieron centenares de jóvenes por disparos de la policía blanca. El icono de aquella lucha (y hoy icono político y turístico de Soweto) es la foto de aquela chaval asustado cargando en brazos a un niño de 13 años llamado Hector Pieterson.

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Hoy de aquellas luchas hablan los guías turísticos frente a la antigua casa de Mandela en la famosa calle Vilikazi de Soweto. Las viejas luchas son hoy memoria viva. Y eso está bien, yo creo, muy bien, diría. La única duda, que nos martilleó durante todo el viaje, era: “¿Es eso suficiente? ¿Valió la pena tanta lucha y tanta represión para esto? Queremos más, ¿no?”

SERGI PICAZO



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